martes, 21 Jun 2022 09:57 AM
Aquellas bombas fueron lanzadas contra Perón como primer objetivo, pero en realidad fueron dirigidas contra la masa del pueblo trabajador. El tremendo acto criminal buscaba hacer estallar por el aire las conquistas obtenidas, amedrentar futuras luchas y buscaba doblegar a las grandes mayorías que habían encontrado en el gobierno democrático y popular el sentido real de la Justicia Social, esa que los hacía visibles, dignos y felices.
El 16 de junio de 1955 era un día como cualquier otro. Centenares de argentinas y argentinos recorrían las calles de la ciudad para realizar sus tareas cotidianas. Nadie podía sospechar que esa mañana, la aviación genocida de la Marina de Guerra, en una experiencia única en la historia de los combates aéreos, usaría el armamento destinado a defender la soberanía del país, para atacar a su propio Pueblo, a la luz del día y en el centro de su ciudad Capital.
La que se alzó en los aires ese día fue la “República para pocos”, que se jugaba la última carta: masacrar a miles de inocentes para escarmentar al resto. Pregoneros de cotillón de instituciones que sólo contienen a élites, no pudieron, sin embargo, por esa vía destronar al poder popular. Autoerigidos en representantes de una civilización que sólo incluye a pocos, recurrieron a la barbarie. Toneladas de bombas llovieron desde el cielo porteño asesinando sin piedad a ciudadanos desprevenidos. El primer impacto fue contra un vehículo escolar repleto de criaturas que participaban de una excursión a la Casa Rosada, para cumplir el sueño de conocer al presidente. Señal de los tiempos que se avecinaban en una Argentina que poco tiempo atrás había incorporado a su Constitución los derechos de la niñez.
El intento de golpe de estado con el foco puesto en el asesinato del presidente de la Nación, fue repelido por las fuerzas leales del Ejército y por milicias populares que no dudaron en empuñar cualquier arma para defender a su líder. Los cobardes sanguinarios alados, huyeron a Montevideo, ante el fracaso de la operación. Sus objetivos habían sido nuestros símbolos: la sede del Poder Ejecutivo de la Nación, el despacho del presidente legítimo y constitucionalmente elegido por el Pueblo y nuestra casa, la Confederación General del Trabajo, donde yacía el cuerpo de la compañera Evita. Meses más tarde fueron por todo y tomaron ilegalmente el poder político, sin embargo, no pudieron con nuestros derechos desatándose la más histórica de las resistencias.
No sirvió de nada ocultar este horroroso hecho. Los pueblos no olvidan con quiénes vivieron sus días más felices, ni a quiénes osaron empañarlos. Cuando la igualdad reina en el pueblo, difícil tarea es la de explotarlo. El poder real teme al movimiento obrero organizado. Pasó el tiempo y esos sicarios comisarios de los intereses de turno perfeccionaron su maquinaria de matar. Perdimos miles de compañeras y compañeros, sin dudas los mejores, los que se atrevieron a todo. Pero aún nos tienen por aquí dando batalla día a día. Porque a pesar de todo NO NOS HAN VENCIDO.